Aquella noche salimos.
El mismo antro de siempre.
Misma música y prácticamente la misma gente.
Bajamos las escaleras y nos dirigimos hacia la barra.
Bebiamos de pie, junto a una columna.
Una chica de pelo negro azabache se acercó a Ed, y le susurró algo al oído.
Él sonrío y negó con la cabeza.
Yo los observaba apoyada en la columna.
Encendí un cigarrillo sin apartar la vista.
Empezaron a besarse y noté como mis braguitas se humedecían.
Lejos de sentirme incómoda, aquella situación me excitaba muchísimo.
Él la agarraba de su prominente trasero y ella se frotaba con su entrepierna.
Los imaginaba follando contra la pared.
Podía escucharla gemir cada vez más fuerte y un placentero escalofrío recorrió todo mi cuerpo.
De repente dejé de ser dueña de mi cuerpo, y un impulso casi sobrenatural me hizo acercarme a ellos.
Ambos ardían.
Y ella olía francamente bien.
La besé en el cuello y me acerqué a su oído.
"Yo se exactamente lo que hace que una chica se retuerza de placer." le susurré.
Ella me miró a los ojos mordiéndose el labio.
Nos besamos.
Fue lento y muy dulce.
Ed rodeó nuestras caderas con sus brazos y nos atrajo hasta él.
Nuestras tres lenguas se acariciaban.
Él se acercó a mi oído y susurró: "Es el momento pequeña. Es hora de irnos a casa".