jueves, 3 de abril de 2014

Don Carmelo V

Me sientan a las malas en la silla de la sala de visitas.
Me sientan a las malas porque a mí no me da la gana de ir a esa sala.
En esa sala no puede haber nada ni nadie que me importe.
No tengo familia. Sé que algún día tuve.
Que algún día tuve un padre y una madre.
Pero eso acabó con Javier Alarcón.
Mi madre entró en un caos de enajenación mental y dejó de ser persona. No para mí, pero sí para el resto del mundo.
Mi padre falleció de un infarto. Y yo no tuve nada que ver, joder.
Murió cuando yo tenía siete años.
Me senté en esa silla y al otro lado había una mujer.
La miré a los ojos. Pelirroja, pecosa y unos treinta años. Y bien vestida, muy bien vestida.
Ella descolgó el teléfono y pude leer en sus labios un a qué coño esperas.
Descolgué y le dije que yo no tenía ni un duro. Que si quería mamármela que lo hiciera por un acto de buena fe.
No podía parar de pensar quién era... Y qué quería...
Escuché atentamente lo que me dijo y me quedé sin aire.
Me pidió un favor.
Me pidió que hiciera lo que ella me dijo.
Me pidió que el amanecer no se me adelantara.
Me pidió que la luz invadiera el túnel...
Me quedé tan trastocado que al levantar la cabeza ya había desaparecido.
Eran sólo las dos de la tarde y tenía ante mí las mejores horas de los últimos cinco años.
Tenía la felicidad.
Tenía una inyección de moral.
Tenía un nombre.
Tenía otra muesca que tatuarme.
Tenía que organizar la última cena.
Tenía que sellar mi estancia en la cárcel con la sangre que imprimió mi destino...
Safe Creative #1312250108108

martes, 1 de abril de 2014

Don Carmelo IV

Entró por la puerta de la celda y tan sólo tuve que mirarle a los ojos para saber que sería la siguiente víctima.
La víctima que volvería a abrir el pasado que jamás debió dejar de pasar.
Yo estaba de pie, rasgando la pared, marcando mi huella, mi paso en esa celda.
Él se sentó en mi cama. No le dije nada. Sólo le advertí que era mía.
No me aguantó la mirada ni un minuto.
Un minuto fue lo que tardó en romper a llorar.
Me quedé en cuclillas mirando cómo lloraba sin consuelo.
Le puse mi mano en su brazo y le pedí su edad.
Cincuenta años.
Treinta y dos años más que yo.
Me confesó que él jamás imaginó que estaría entre rejas.
Me confesó que no fue culpa suya.
Me confesó que por su mujer e hijo de doce años, hizo lo que debía.
Me confesó que buscó un buen abogado.
Me confesó... Que no era justo ir a la cárcel por cometer fraude fiscal.
Que un fraude no era un asesinato.

Grité a que viniera un guarda.
Era una puta falta de respeto tener a un tipo como ese ahí, al lado de un tipo como yo.
Le dije al carcelero que qué tenía que ver quitar vidas con quitar números.
Le pregunté si preferiría perder su libro de contabilidad o perder a su hija.
El guarda se fue riéndose.
Me preguntó si estaba bien. Le respondí que mejor de lo que iba a estar él horas más tarde.
Le dije que yo había matado a muchas personas.
Le dije que mi primera muerte la conseguí a los doce años, los mismos que tenía su hijo.
Le dije que no tenía auto control sobre mí.
Le dije que me habían concedido un palco en el infierno.
Le dije que usaba los cuchillos para todo, menos para cocinar.
Le dije que compartir el mismo oxígeno en un espacio tan pequeño era una utopía.
Le dije que los carceleros no intervenían en esa celda porque con lo que les pagaba, ya amortizaban el alquiler de sus viviendas.
Le dije que el último que estuvo en esa celda acabó de espantapájaros del huerto del alcaide.
Le dije que las sábanas de su cama me bastaban para abrazar su cuello hasta que la muerte nos separe.

A la mañana siguiente, un halo helado me despertó al rozarme.
El frío se acogió a mi cuerpo como yo a la almohada.
Mi nariz fue envuelta en un aroma familiar.
Me incorporé y se me inundaron los ojos de felicidad.
Su cuerpo inerte, ahorcado desde el techo con las sábanas de su cama, me dieron los buenos días.
Lo había conseguido.
Maté su alma sin tocar su cuerpo...


Safe Creative #1312250108108