martes, 1 de abril de 2014

Don Carmelo IV

Entró por la puerta de la celda y tan sólo tuve que mirarle a los ojos para saber que sería la siguiente víctima.
La víctima que volvería a abrir el pasado que jamás debió dejar de pasar.
Yo estaba de pie, rasgando la pared, marcando mi huella, mi paso en esa celda.
Él se sentó en mi cama. No le dije nada. Sólo le advertí que era mía.
No me aguantó la mirada ni un minuto.
Un minuto fue lo que tardó en romper a llorar.
Me quedé en cuclillas mirando cómo lloraba sin consuelo.
Le puse mi mano en su brazo y le pedí su edad.
Cincuenta años.
Treinta y dos años más que yo.
Me confesó que él jamás imaginó que estaría entre rejas.
Me confesó que no fue culpa suya.
Me confesó que por su mujer e hijo de doce años, hizo lo que debía.
Me confesó que buscó un buen abogado.
Me confesó... Que no era justo ir a la cárcel por cometer fraude fiscal.
Que un fraude no era un asesinato.

Grité a que viniera un guarda.
Era una puta falta de respeto tener a un tipo como ese ahí, al lado de un tipo como yo.
Le dije al carcelero que qué tenía que ver quitar vidas con quitar números.
Le pregunté si preferiría perder su libro de contabilidad o perder a su hija.
El guarda se fue riéndose.
Me preguntó si estaba bien. Le respondí que mejor de lo que iba a estar él horas más tarde.
Le dije que yo había matado a muchas personas.
Le dije que mi primera muerte la conseguí a los doce años, los mismos que tenía su hijo.
Le dije que no tenía auto control sobre mí.
Le dije que me habían concedido un palco en el infierno.
Le dije que usaba los cuchillos para todo, menos para cocinar.
Le dije que compartir el mismo oxígeno en un espacio tan pequeño era una utopía.
Le dije que los carceleros no intervenían en esa celda porque con lo que les pagaba, ya amortizaban el alquiler de sus viviendas.
Le dije que el último que estuvo en esa celda acabó de espantapájaros del huerto del alcaide.
Le dije que las sábanas de su cama me bastaban para abrazar su cuello hasta que la muerte nos separe.

A la mañana siguiente, un halo helado me despertó al rozarme.
El frío se acogió a mi cuerpo como yo a la almohada.
Mi nariz fue envuelta en un aroma familiar.
Me incorporé y se me inundaron los ojos de felicidad.
Su cuerpo inerte, ahorcado desde el techo con las sábanas de su cama, me dieron los buenos días.
Lo había conseguido.
Maté su alma sin tocar su cuerpo...


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