jueves, 14 de agosto de 2014

Como si no existiera un mañana

Es muy simple. Ella tiene pareja y yo tengo pareja. Y digo tiene y no tenía, no sé si me explico. Tiene porque después de todo, la sigue teniendo y yo también.

Lujuria. Puta y pura lujuria. El primer día pensé en mandarla a la mierda. El segundo día, que por muy buena que estuviera aun tenía mucho que demostrar. Y el tercero... Solo pude imaginármela encima mío.

Una mañana llegó de correr. Acostumbraba a hacer ejercicio mañanero para tonificar su esculpido cuerpo. Entró con la maleta de deporte y un vestido floreado disfrazaba una morena de ojos rasgados y nariz afilada.
No había nadie en el minigolf. Ella era la administrativa y yo el recepcionista. Abríamos a las 2 del mediodía y eran las 11 y media. Atravesó todo el complejo y su mirada y la mía se batieron en duelo. Dejó la maleta en el suelo de la recepción y me besó, regalándome un velo de sensualidad en mi mejilla.

Mi mano reposó en su cintura a la vez que clavé mis ojos en su trasero, cortesía del espejo. El vestido ceñido alardeaba de las curvas que tenía.
El beso fue diferente. Sus labios no sólo besaron mi mejilla. Sus labios se posaron con mimo cerca de mi comisura labial.

Se giró y se agachó a dejar algo en la maleta. No necesité ningún espejo para disfrutar de las vistas. Me acerqué por detrás y coloqué la palma de mi mano en la colina de su nuca.
Mis dedos clavaron el ancla en su pelo y ella se quedó inmóvil. Dejó caer su cabeza ligeramente hacia atrás y cerró los ojos. Benditos espejos.

Era capaz de no dejar ni una parte de su cabeza sin tocar. Mis dedos creaban senderos a lo largo de su cuero cabelludo y su manera de retorcerse daba fe de su ínfimo placer.
Noté un leve gemido. Suficiente para que incorporara mi otra mano a su espalda. A pesar de sacar a pasear mi mano por encima del vestido, supe que debajo solo había lo que tanto deseaba. Ella. Su piel, su vida, su ser...

Crucé toda su columna hincando más los dedos de la mano responsable de su cabeza. Lo debí hacer tan bien que me agarró la mano que tenia atada a su espalda y la colocó en uno de sus voluminosos pechos.
Pegué mi cuerpo a ella y acaricié con mimo la oportunidad que me dio. Olvidé su cabeza para centrarme con ambas manos. Ella echaba las manos hacia atrás y me agarraba del pelo. Me hacía sentir el mejor.
Decidí besarle la nuca, el cuello. La obligué a erizarse completamente. Perpetué su indomable cuerpo. Agarré sus pechos y usé la tela de su vestido como techo de pasión.

Tenía el miembro tan duro que no dudé en apretárselo a su culo. Ella hizo lo propio con su culo a mi miembro.
Le levanté el vestido y le dí la vuelta. Nos miramos y tras un choque tierno de narices, decidimos publicar el beso más apasionado del mundo. Sus labios eran un sinfín de locuras aglutinadas en una.
Mientras me besaba el cuello, acariciaba con dulzura su trasero, tan solo cubierto por fina lencería.
Viajé hasta su ombligo a base de cálidos besos, haciendo escala en ambos pechos. Besándolos, pasándoles la lengua suavemente, mordiéndolos, pellizcándolos y palpándolos cómo nunca nadie lo había hecho. Despedí su pieza de lencería y me quedé entre sus piernas. Ella se apoyo en la mesa y subió sus pies a las sillas. El resto me pertenecía a mi.

Mi lengua se dio a conocer en una simple pasada. Intensa y lenta pasada. El primer gemido sincero llegó con mi puesta en marcha. Mis labios pidieron matrimonio a los suyos mientras no paraba de morderse sus otros labios. Recorrí de tal manera toda su esencia que notaba cómo no dejaba de empaparse. Sus caricias detrás de mis orejas, me motivaban a dejar el pabellón más alto, si aún cabe.

Me elevó y me desabrochó el cinturón. Lo lanzó hacia atrás y tiró la fotografía de mi pareja al suelo. No había dejado de mirar el marco en el suelo, cuando un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Volqué mi mirada en ella y accedimos al segundo round del duelo de miradas. El brillo de sus ojos penetró los míos. Su boca estaba disfrutando de lamer mi erecto pene. Centró su atención en la puntita, jugueteó y hasta mordisqueó, provocando que mi respiración ahondara por momentos.

Agarró la base con fuerza y empezó a hacerme el amor con la boca. Hubiera podido acabar ahí. Hubiera podido morir en ese momento. Qué mejor momento...

No pude resistirme a alzarla y colocarla de espaldas a mí, apoyada en la mesa. Moví mi miembro alrededor de su sexo durante unos segundos. Unos segundos que lo único que hacían era hacerla estremecer y que implorase ser vulnerada.

Y yo... Y yo no quise hacerla sufrir. Cuando fui a introducir mi pene, noté ese calentor abrumante y húmedo. Noté tal fricción que necesité meterla lentamente. Una, dos, tres, cuatro, y hasta cinco veces tan lento que hasta sus gemidos decidieron ser recitados en pianissimo. Le agarré de los pechos y la metí hasta el fondo. Esta vez, la musicalidad pasó a piu forte, piu bello.

Le hice el amor tan salvajemente que pudo atragantarse con su propia saliva. Se giró, me empotró en la silla y se colocó encima mía. Me dejé llevar ante un auténtico placer, perdido en la frontera de sus senos. Cabalgó apasionada. Cabalgó e hincó sus riendas en forma de uñas en mi espalda. Su orgasmo se transformó en el primer periodo de puro silencio. Ese increíble sonido del silencio. 

Bajó ostensiblemente el ritmo, así que la empotré al fichero, de nuevo de espaldas a mí. Y empecé a hacerle el amor suavemente, di nuovo. Cuando noté que bajó de entre las nubes, pasé mi mano y masajeé su clítoris. Su excitación fue tal, que opté por acabar como la ocasión merecía. Sin dejar de tocarle, agarré su cintura con mi otra mano y clavé mi pene hasta el fondo a base de movimientos circulares que la obligaban de nuevo a gritar.

Pude masturbarla tan rápido que no habían pasado ni cinco minutos y volvió a sentir de nuevo ese feeling tan preciado.

Se agachó y pidió que le entregara toda mi furia. Me pidió que le diera todo aquello que le debía. No tardé. Mi explosión fue inolvidable. Ella se empapó y saboreó tal pasión como si nunca lo hubiera hecho, como si no existiera un mañana...

jueves, 3 de abril de 2014

Don Carmelo V

Me sientan a las malas en la silla de la sala de visitas.
Me sientan a las malas porque a mí no me da la gana de ir a esa sala.
En esa sala no puede haber nada ni nadie que me importe.
No tengo familia. Sé que algún día tuve.
Que algún día tuve un padre y una madre.
Pero eso acabó con Javier Alarcón.
Mi madre entró en un caos de enajenación mental y dejó de ser persona. No para mí, pero sí para el resto del mundo.
Mi padre falleció de un infarto. Y yo no tuve nada que ver, joder.
Murió cuando yo tenía siete años.
Me senté en esa silla y al otro lado había una mujer.
La miré a los ojos. Pelirroja, pecosa y unos treinta años. Y bien vestida, muy bien vestida.
Ella descolgó el teléfono y pude leer en sus labios un a qué coño esperas.
Descolgué y le dije que yo no tenía ni un duro. Que si quería mamármela que lo hiciera por un acto de buena fe.
No podía parar de pensar quién era... Y qué quería...
Escuché atentamente lo que me dijo y me quedé sin aire.
Me pidió un favor.
Me pidió que hiciera lo que ella me dijo.
Me pidió que el amanecer no se me adelantara.
Me pidió que la luz invadiera el túnel...
Me quedé tan trastocado que al levantar la cabeza ya había desaparecido.
Eran sólo las dos de la tarde y tenía ante mí las mejores horas de los últimos cinco años.
Tenía la felicidad.
Tenía una inyección de moral.
Tenía un nombre.
Tenía otra muesca que tatuarme.
Tenía que organizar la última cena.
Tenía que sellar mi estancia en la cárcel con la sangre que imprimió mi destino...
Safe Creative #1312250108108

martes, 1 de abril de 2014

Don Carmelo IV

Entró por la puerta de la celda y tan sólo tuve que mirarle a los ojos para saber que sería la siguiente víctima.
La víctima que volvería a abrir el pasado que jamás debió dejar de pasar.
Yo estaba de pie, rasgando la pared, marcando mi huella, mi paso en esa celda.
Él se sentó en mi cama. No le dije nada. Sólo le advertí que era mía.
No me aguantó la mirada ni un minuto.
Un minuto fue lo que tardó en romper a llorar.
Me quedé en cuclillas mirando cómo lloraba sin consuelo.
Le puse mi mano en su brazo y le pedí su edad.
Cincuenta años.
Treinta y dos años más que yo.
Me confesó que él jamás imaginó que estaría entre rejas.
Me confesó que no fue culpa suya.
Me confesó que por su mujer e hijo de doce años, hizo lo que debía.
Me confesó que buscó un buen abogado.
Me confesó... Que no era justo ir a la cárcel por cometer fraude fiscal.
Que un fraude no era un asesinato.

Grité a que viniera un guarda.
Era una puta falta de respeto tener a un tipo como ese ahí, al lado de un tipo como yo.
Le dije al carcelero que qué tenía que ver quitar vidas con quitar números.
Le pregunté si preferiría perder su libro de contabilidad o perder a su hija.
El guarda se fue riéndose.
Me preguntó si estaba bien. Le respondí que mejor de lo que iba a estar él horas más tarde.
Le dije que yo había matado a muchas personas.
Le dije que mi primera muerte la conseguí a los doce años, los mismos que tenía su hijo.
Le dije que no tenía auto control sobre mí.
Le dije que me habían concedido un palco en el infierno.
Le dije que usaba los cuchillos para todo, menos para cocinar.
Le dije que compartir el mismo oxígeno en un espacio tan pequeño era una utopía.
Le dije que los carceleros no intervenían en esa celda porque con lo que les pagaba, ya amortizaban el alquiler de sus viviendas.
Le dije que el último que estuvo en esa celda acabó de espantapájaros del huerto del alcaide.
Le dije que las sábanas de su cama me bastaban para abrazar su cuello hasta que la muerte nos separe.

A la mañana siguiente, un halo helado me despertó al rozarme.
El frío se acogió a mi cuerpo como yo a la almohada.
Mi nariz fue envuelta en un aroma familiar.
Me incorporé y se me inundaron los ojos de felicidad.
Su cuerpo inerte, ahorcado desde el techo con las sábanas de su cama, me dieron los buenos días.
Lo había conseguido.
Maté su alma sin tocar su cuerpo...


Safe Creative #1312250108108

sábado, 29 de marzo de 2014

Don Carmelo III

Pasaron los días y la muerte de Javier Alarcón no salía de mi cabeza.
Me daba vueltas, me invadía la mente.
No podía dejar de pensar en lo que hice, en cómo lo hice.
Pensaba en lo que Javier Alarcón podría haber sido de mayor.
Pensaba que Javier Alarcón podría haber encontrado otra Paula Ramos.
Otra a quien levantarle algo más que la falda.
Pensaba en eso. Y cada vez que lo hacía, saboreaba más la muerte de Javier Alarcón.
Cada vez que recordaba cómo me miró cuando se estaba ahogando con su propia sangre... Un alma se apoderaba de mi cuerpo haciéndome sentir diferente, especial... Único.
Porque después de ese día, no quedó otro sin que quisiera volver a repetirlo...

Furia, placer, saña, venganza...
Era tanta la musicalidad que surgía de mi ser, que cualquiera que pudiera tan sólo imaginarse algún acorde, era merecedor de sentirse dirigido por mi batuta.
La batuta de la ley. Mi ley.
Maté a diez personas en menos de un mes. Maté otras diez en una semana.
Y llegó el día que me arrepentí de lo que hacía. De cómo lo hacía.
Llegó el día que maté a cinco personas en un día.
Y ese día empezó una nueva etapa en mi vida. Desde ese día ya no fui el mismo.
Ese día me arrestaron y mi partitura cambió.
Desde ese día, ya no sólo mato por venganza.
Desde ese día, pienso las casillas en las que mi alfil se va a mover.
Desde ese día, pienso y mato.

Entré en el reformatorio y hasta que cumplí los dieciocho, estuve esposado y vigilado a diario.
Esposado, vigilado y coordinado por las directrices que un psicólogo iba dictando.
Un psicólogo que vi cada día, durante seis años.

A mi mayoría de edad, cambié un reformatorio de menores por una celda en la cárcel.
Seguía sin poder pisar la calle, pero con la libertad de tener el alta médica mental.
Me quedaba un año de condena. Doce meses, como los doce años de Javier Alarcón.
Pero también me quedaban muchos años que recuperar...

Safe Creative #1312250108108

miércoles, 26 de marzo de 2014

Don Carmelo II

Javier Alarcón tenía malos modales, modales distintos a los de los niños de su edad. Javier Alarcón tenía doce años de vida y los mismos cuando dejó de tenerla.
Javier Alarcón no pegaba chicles en la silla, pegaba chinchetas con chicle a la silla.
Javier Alarcón no robaba. Javier Alarcón robaba y se lo vendía al mismo que había robado.
Javier Alarcón no tiraba canutillos con el bolígrafo, tiraba el bolígrafo y se hacía el canutillo.
Javier Alarcón no insultaba. Javier Alarcón asesinaba con sus palabras.
Javier Alarcón era mi primer atisbo de competencia...
Javier Alarcón, hubo un día, en el que sacó una carpeta de su pupitre, una carpeta de esas de cartón azul y elásticos y la abrió.
Javier Alarcón, ese día, extrajo un papel de esa carpeta y firmó su sentencia de muerte.
Javier Alarcón, ese día, no le levantó la falda a Paula Ramos...
Javier Alarcón, ese día, le levantó la virginidad. El le regaló sus nudillos y ella su sangre...

Maté a Javier Alarcón con su propia sangre... 

Envolví sus manos en un pañuelo tras cortárselas con una guillotina de receta casera. Y usé ese trapo tantas veces como gotas necesitó su garganta para ser ahogada...
Javier Alarcón me miró hasta que perdió el conocimiento. Javier Alarcón me miró sabiendo que unas horas atrás me estaba pidiendo los apuntes de no sé qué.
Yo tenía sólo doce años e íbamos a la misma clase. 
Los tres. Javier Alarcón, Paula Ramos y yo.

Fue mi primera muesca.

Muescas que querré grabadas en la lápida el día que me muera. 
Muescas que jamás olvidaré y que harán que Paula jamás sufra un recuerdo igual.
Muescas que llevaré tatuadas en la parte creativa de mi cerebro.

Javier Alarcón, recomiéndame al puto Diablo...


Safe Creative #1312250108108

martes, 25 de marzo de 2014

Don Carmelo I

Hola me llamo Carmelo, pero mis amigos, los de verdad, acostumbran a llamarme Don Carmelo.
Tengo 23 años. He matado a más gente de la que vive en mi edificio y vivo en un edificio de seis plantas.
He matado a más gente de la que nace en una planta de hospital un día cualquiera. He matado más gente de la que cualquier sicario de mierda pueda matar en el tiempo que lo he hecho yo. Y repito, tengo 23 años...
Mato por gusto, por encargo y por venganza. Mato por todo menos por dinero, es el dinero el que viene a mí por haber matado.
Mi conciencia es una especie de búnker en el que ni el mismísimo Hitler se hubiera podido suicidar. Es más, Hitler se suicidó porque yo no había nacido.
Mis compañeros de profesión, si así podemos llamarlo... Yo prefiero llamarles perdedores, porque ante mí, nadie sale vencedor.
Esa gente... Esa basura de gente se suele acoger a un lema.
No matamos a niños ni a mujeres.
Yo mato a hombres, niños, mujeres y ancianos.
Yo no me acojo a lemas.
Yo prefiero crearlos.
Mi lema es... No me compliques la vida porque facilitaré tu muerte...


Safe Creative #1312250108108

viernes, 21 de marzo de 2014

Melodías de nuestras vidas

Abrió la puerta de casa, soltó el paraguas y colgó su chaqueta impermeable en el perchero que estaba a la izquierda del paragüero. En la mesa de la salita dejó el bolso y una carpeta. Alba, de raza latina, treinta años y curvas sinuosas estaba más cansada que nunca, a pesar de los cinco cafés que se había tomado para sentirse menos fatigada. Puso las manos sobre sus senos y con un solo movimiento hacia abajo se retiró el vestido de palabra de honor blanco que llevaba puesto. En ropa interior se dirigió al baño deshaciéndose la cola alta de su pelo.
Encendió el grifo para ir llenando la bañera de agua caliente. No había parado de llover durante todo el día y su cuerpo le pedía un baño termal. Se terminó de desnudar y dedicó un tiempo a desmaquillarse y explorase la cara frente al espejo en busca de espinillas, puntos negros o cualquier cosa que le increpara a la vista.
Una vez que la bañera estaba a punto de coparse, apagó el grifo y metió el pie derecho.
-¡No! vuelta para atrás Alba –se dijo en voz alta.
Y retirando el pie de la bañera, se lo secó con la toalla y se enfundó las zapatillas. Entró en la habitación y abrió el armario. Cogió una bolsa, cerró de nuevo la corredera del armario y se pegó un gran susto gracias a un trueno que pareció que cayó dentro de la casa.
Entró de nuevo al cuarto de baño y su cuerpo con un movimiento innato agradeció el cambio de temperatura que para bien, había en esa pieza de la casa.
Encima del mármol del lavamanos fue posando los objetos que extraía de la bolsa. Un bote de sales de baño, un jabón sólido de color lila y dos velas aromatizadas. Éstas las colocó en el borde y las encendió. Se metió en la bañera, se tumbó y se acomodó en el reposacabezas estirando las piernas esbozando una sonrisa mientras cerraba los ojos.
Dos minutos de reloj después, decidió esparcir las sales de baño de miel y manteca de karité por toda la bañera. Pulsó un botón del mando que tenía a su derecha y sonó el hilo musical que tenía instalado. En tono bajito, pero lo suficiente como para disimular el repiqueteo de la lluvia que no cesaba de golpear el cristal de la ventana. Música acústica de violines, paz, el efecto del jabón sólido ya deshecho convirtiéndose en espuma, el dulce aroma de las velas y el vaho que empañaba todos los cristales y espejos dando la sensación de spa, daban a Alba todo lo que necesitaba para acabar ese día.
No podía abrir los ojos, estaba entrando en una especie de trance poco habitual en su vida ajetreada. Esa música no podía disfrutarse igual si no cerraba los ojos.
Estruendoso, ese trueno fue descomunal. Alba abrió los ojos del susto y se dio cuenta que las luces del baño se apagaron.
-Bueno, mejor así –asintió, mientras recolocaba las dos velas que eran las únicas que, ahora, alumbraban el cuarto de baño.
Cerró de nuevos los ojos. Se acariciaba la barriga con la mano izquierda, eso le daba más paz, rozaba con la palma de la mano como sobrevolando su piel y lo intercalaba con intensos masajes con las yemas de los dedos dibujando círculos alrededor del ombligo. La música acompañaba la ternura del momento. Sacó su mano derecha a pasear por sus pechos. Primero en uno de ellos, frotándolo, mimándolo, con el dedo pulgar palpando el pezón cada vez más erizado. Luego con las dos manos, torcía la cabeza levemente y estiraba las piernas como si quisiese crecer más.
El agua empezaba a destemplarse así que cogió la ducha inalámbrica y dio más calor al ambiente. Metió el chorro debajo del agua entre sus piernas. La presión que la ducha ejercía sobre su clítoris empezaba a hacerle sentir que flotaba. Los dedos de los pies se abrían y cerraban, flexionaba las rodillas y las estiraba buscando separárselas de su cuerpo. Cuando vio que la bañera alcanzó casi toda su capacidad de agua, apagó el chorro, la giró y empezó a introducírsela poco a poco dando vueltas sobre sí misma.
El primer gemido claro llegó al adentrar parte de la ducha. Se mordió el labio inferior y fruncía el ceño. Los violines estaban siendo testigos del inicio de un concierto. No paraba de gemir, escuchaba algunos truenos aún, pero no le sobresaltaba nada. Estaba en mitad de la gloria y el cielo. Introdujo hasta el fondo el mango, pegando un grito y recuperando la posición para verse.
-Bendita tecnología –balbuceó.
Volvió a tumbarse y apretó un botón que le dio a la ducha una vibración constante. Los gemidos empezaron a convertirse de manera ascendente en alaridos. Sonaban como aquellas olas que van subiendo hasta el clímax de su rotura. El hilo musical decidió dejar de ser protagonista para acompañar al nuevo evento con una intensidad brutal en los instrumentos de cuerda. Tiraba la cabeza para atrás, hasta la metía debajo del agua. Soltó el mango para poder bailar un vals con sus senos. Todo cogía velocidad vertiginosa, la música, los gritos, los movimientos corporales, incluso la intensidad de la lluvia aumentó de forma ostensible.
Sintió volar de la mano de un gemido alargado en el tiempo, de volumen aminorado y voz temblorosa. Dobló las rodillas sacándolas del agua y su cara variaba en gestos de placer mientras se la tapaba con una mano y con la otra arañaba el suelo de la bañera.
Fueron seis segundos, quizás los mejores seis segundos del día y de la semana. Retiró el chorro soltándolo en el fondo de la bañera. Dejó caer su cuerpo de nuevo dentro del agua y cerró los ojos. La lluvia golpeaba menos en el vidrio y los violines volvieron a un ritmo monótono y suave, muy suave.
Alcanzó la toalla con la mano, se la secó y cogió un cigarrillo de la cajetilla que estaba en la tapa del retrete. Se lo encendió y cambió el canal musical por otro. Empezaba su programa favorito: Melodías de nuestras vidas.