Abrió la puerta de
casa, soltó el paraguas y colgó su chaqueta impermeable en el perchero que
estaba a la izquierda del paragüero. En la mesa de la salita dejó el bolso y
una carpeta. Alba, de raza latina, treinta años y curvas sinuosas estaba más
cansada que nunca, a pesar de los cinco cafés que se había tomado para sentirse
menos fatigada. Puso las manos sobre sus senos y con un solo movimiento hacia
abajo se retiró el vestido de palabra de honor blanco que llevaba puesto. En
ropa interior se dirigió al baño deshaciéndose la cola alta de su pelo.
Encendió el grifo para
ir llenando la bañera de agua caliente. No había parado de llover durante todo
el día y su cuerpo le pedía un baño termal. Se terminó de desnudar y dedicó un
tiempo a desmaquillarse y explorase la cara frente al espejo en busca de
espinillas, puntos negros o cualquier cosa que le increpara a la vista.
Una vez que la bañera
estaba a punto de coparse, apagó el grifo y metió el pie derecho.
-¡No! vuelta para atrás
Alba –se dijo en voz alta.
Y retirando el pie de
la bañera, se lo secó con la toalla y se enfundó las zapatillas. Entró en la
habitación y abrió el armario. Cogió una bolsa, cerró de nuevo la corredera del
armario y se pegó un gran susto gracias a un trueno que pareció que cayó dentro
de la casa.
Entró de nuevo al
cuarto de baño y su cuerpo con un movimiento innato agradeció el cambio de
temperatura que para bien, había en esa pieza de la casa.
Encima del mármol del
lavamanos fue posando los objetos que extraía de la bolsa. Un bote de sales de
baño, un jabón sólido de color lila y dos velas aromatizadas. Éstas las colocó
en el borde y las encendió. Se metió en la bañera, se tumbó y se acomodó en el
reposacabezas estirando las piernas esbozando una sonrisa mientras cerraba los
ojos.
Dos minutos de reloj
después, decidió esparcir las sales de baño de miel y manteca de karité por
toda la bañera. Pulsó un botón del mando que tenía a su derecha y sonó el hilo
musical que tenía instalado. En tono bajito, pero lo suficiente como para
disimular el repiqueteo de la lluvia que no cesaba de golpear el cristal de la
ventana. Música acústica de violines, paz, el efecto del jabón sólido ya
deshecho convirtiéndose en espuma, el dulce aroma de las velas y el vaho que empañaba
todos los cristales y espejos dando la sensación de spa, daban a Alba todo lo
que necesitaba para acabar ese día.
No podía abrir los
ojos, estaba entrando en una especie de trance poco habitual en su vida
ajetreada. Esa música no podía disfrutarse igual si no cerraba los ojos.
Estruendoso, ese trueno
fue descomunal. Alba abrió los ojos del susto y se dio cuenta que las luces del
baño se apagaron.
-Bueno, mejor así –asintió,
mientras recolocaba las dos velas que eran las únicas que, ahora, alumbraban el
cuarto de baño.
Cerró de nuevos los
ojos. Se acariciaba la barriga con la mano izquierda, eso le daba más paz,
rozaba con la palma de la mano como sobrevolando su piel y lo intercalaba con
intensos masajes con las yemas de los dedos dibujando círculos alrededor del
ombligo. La música acompañaba la ternura del momento. Sacó su mano derecha a
pasear por sus pechos. Primero en uno de ellos, frotándolo, mimándolo, con el
dedo pulgar palpando el pezón cada vez más erizado. Luego con las dos manos,
torcía la cabeza levemente y estiraba las piernas como si quisiese crecer más.
El agua empezaba a
destemplarse así que cogió la ducha inalámbrica y dio más calor al ambiente.
Metió el chorro debajo del agua entre sus piernas. La presión que la ducha
ejercía sobre su clítoris empezaba a hacerle sentir que flotaba. Los dedos de
los pies se abrían y cerraban, flexionaba las rodillas y las estiraba buscando
separárselas de su cuerpo. Cuando vio que la bañera alcanzó casi toda su
capacidad de agua, apagó el chorro, la giró y empezó a introducírsela poco a
poco dando vueltas sobre sí misma.
El primer gemido claro
llegó al adentrar parte de la ducha. Se mordió el labio inferior y fruncía el
ceño. Los violines estaban siendo testigos del inicio de un concierto. No
paraba de gemir, escuchaba algunos truenos aún, pero no le sobresaltaba nada.
Estaba en mitad de la gloria y el cielo. Introdujo hasta el fondo el mango,
pegando un grito y recuperando la posición para verse.
-Bendita tecnología
–balbuceó.
Volvió a tumbarse y
apretó un botón que le dio a la ducha una vibración constante. Los gemidos
empezaron a convertirse de manera ascendente en alaridos. Sonaban como aquellas olas
que van subiendo hasta el clímax de su rotura. El hilo musical decidió dejar de
ser protagonista para acompañar al nuevo evento con una intensidad brutal en
los instrumentos de cuerda. Tiraba la cabeza para atrás, hasta la metía debajo
del agua. Soltó el mango para poder bailar un vals con sus senos. Todo cogía
velocidad vertiginosa, la música, los gritos, los movimientos corporales,
incluso la intensidad de la lluvia aumentó de forma ostensible.
Sintió volar de la mano
de un gemido alargado en el tiempo, de volumen aminorado y voz temblorosa.
Dobló las rodillas sacándolas del agua y su cara variaba en gestos de placer
mientras se la tapaba con una mano y con la otra arañaba el suelo de la bañera.
Fueron seis segundos,
quizás los mejores seis segundos del día y de la semana. Retiró el chorro
soltándolo en el fondo de la bañera. Dejó caer su cuerpo de nuevo dentro del
agua y cerró los ojos. La lluvia golpeaba menos en el vidrio y los violines
volvieron a un ritmo monótono y suave, muy suave.
Alcanzó la toalla con
la mano, se la secó y cogió un cigarrillo de la cajetilla que estaba en la tapa
del retrete. Se lo encendió y cambió el canal musical por otro. Empezaba su
programa favorito: Melodías de nuestras vidas.
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