Javier Alarcón no pegaba chicles en la silla, pegaba chinchetas con chicle a la silla.
Javier Alarcón no robaba. Javier Alarcón robaba y se lo vendía al mismo que había robado.
Javier Alarcón no tiraba canutillos con el bolígrafo, tiraba el bolígrafo y se hacía el canutillo.
Javier Alarcón no insultaba. Javier Alarcón asesinaba con sus palabras.
Javier Alarcón era mi primer atisbo de competencia...
Javier Alarcón, hubo un día, en el que sacó una carpeta de su pupitre, una carpeta de esas de cartón azul y elásticos y la abrió.
Javier Alarcón, ese día, extrajo un papel de esa carpeta y firmó su sentencia de muerte.
Javier Alarcón, ese día, no le levantó la falda a Paula Ramos...
Javier Alarcón, ese día, le levantó la virginidad. El le regaló sus nudillos y ella su sangre...
Maté a Javier Alarcón con su propia sangre...
Envolví sus manos en un pañuelo tras cortárselas con una guillotina de receta casera. Y usé ese trapo tantas veces como gotas necesitó su garganta para ser ahogada...
Javier Alarcón me miró hasta que perdió el conocimiento. Javier Alarcón me miró sabiendo que unas horas atrás me estaba pidiendo los apuntes de no sé qué.
Yo tenía sólo doce años e íbamos a la misma clase.
Los tres. Javier Alarcón, Paula Ramos y yo.
Fue mi primera muesca.
Muescas que querré grabadas en la lápida el día que me muera.
Muescas que jamás olvidaré y que harán que Paula jamás sufra un recuerdo igual.
Muescas que llevaré tatuadas en la parte creativa de mi cerebro.
Javier Alarcón, recomiéndame al puto Diablo...
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