sábado, 29 de marzo de 2014

Don Carmelo III

Pasaron los días y la muerte de Javier Alarcón no salía de mi cabeza.
Me daba vueltas, me invadía la mente.
No podía dejar de pensar en lo que hice, en cómo lo hice.
Pensaba en lo que Javier Alarcón podría haber sido de mayor.
Pensaba que Javier Alarcón podría haber encontrado otra Paula Ramos.
Otra a quien levantarle algo más que la falda.
Pensaba en eso. Y cada vez que lo hacía, saboreaba más la muerte de Javier Alarcón.
Cada vez que recordaba cómo me miró cuando se estaba ahogando con su propia sangre... Un alma se apoderaba de mi cuerpo haciéndome sentir diferente, especial... Único.
Porque después de ese día, no quedó otro sin que quisiera volver a repetirlo...

Furia, placer, saña, venganza...
Era tanta la musicalidad que surgía de mi ser, que cualquiera que pudiera tan sólo imaginarse algún acorde, era merecedor de sentirse dirigido por mi batuta.
La batuta de la ley. Mi ley.
Maté a diez personas en menos de un mes. Maté otras diez en una semana.
Y llegó el día que me arrepentí de lo que hacía. De cómo lo hacía.
Llegó el día que maté a cinco personas en un día.
Y ese día empezó una nueva etapa en mi vida. Desde ese día ya no fui el mismo.
Ese día me arrestaron y mi partitura cambió.
Desde ese día, ya no sólo mato por venganza.
Desde ese día, pienso las casillas en las que mi alfil se va a mover.
Desde ese día, pienso y mato.

Entré en el reformatorio y hasta que cumplí los dieciocho, estuve esposado y vigilado a diario.
Esposado, vigilado y coordinado por las directrices que un psicólogo iba dictando.
Un psicólogo que vi cada día, durante seis años.

A mi mayoría de edad, cambié un reformatorio de menores por una celda en la cárcel.
Seguía sin poder pisar la calle, pero con la libertad de tener el alta médica mental.
Me quedaba un año de condena. Doce meses, como los doce años de Javier Alarcón.
Pero también me quedaban muchos años que recuperar...

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miércoles, 26 de marzo de 2014

Don Carmelo II

Javier Alarcón tenía malos modales, modales distintos a los de los niños de su edad. Javier Alarcón tenía doce años de vida y los mismos cuando dejó de tenerla.
Javier Alarcón no pegaba chicles en la silla, pegaba chinchetas con chicle a la silla.
Javier Alarcón no robaba. Javier Alarcón robaba y se lo vendía al mismo que había robado.
Javier Alarcón no tiraba canutillos con el bolígrafo, tiraba el bolígrafo y se hacía el canutillo.
Javier Alarcón no insultaba. Javier Alarcón asesinaba con sus palabras.
Javier Alarcón era mi primer atisbo de competencia...
Javier Alarcón, hubo un día, en el que sacó una carpeta de su pupitre, una carpeta de esas de cartón azul y elásticos y la abrió.
Javier Alarcón, ese día, extrajo un papel de esa carpeta y firmó su sentencia de muerte.
Javier Alarcón, ese día, no le levantó la falda a Paula Ramos...
Javier Alarcón, ese día, le levantó la virginidad. El le regaló sus nudillos y ella su sangre...

Maté a Javier Alarcón con su propia sangre... 

Envolví sus manos en un pañuelo tras cortárselas con una guillotina de receta casera. Y usé ese trapo tantas veces como gotas necesitó su garganta para ser ahogada...
Javier Alarcón me miró hasta que perdió el conocimiento. Javier Alarcón me miró sabiendo que unas horas atrás me estaba pidiendo los apuntes de no sé qué.
Yo tenía sólo doce años e íbamos a la misma clase. 
Los tres. Javier Alarcón, Paula Ramos y yo.

Fue mi primera muesca.

Muescas que querré grabadas en la lápida el día que me muera. 
Muescas que jamás olvidaré y que harán que Paula jamás sufra un recuerdo igual.
Muescas que llevaré tatuadas en la parte creativa de mi cerebro.

Javier Alarcón, recomiéndame al puto Diablo...


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martes, 25 de marzo de 2014

Don Carmelo I

Hola me llamo Carmelo, pero mis amigos, los de verdad, acostumbran a llamarme Don Carmelo.
Tengo 23 años. He matado a más gente de la que vive en mi edificio y vivo en un edificio de seis plantas.
He matado a más gente de la que nace en una planta de hospital un día cualquiera. He matado más gente de la que cualquier sicario de mierda pueda matar en el tiempo que lo he hecho yo. Y repito, tengo 23 años...
Mato por gusto, por encargo y por venganza. Mato por todo menos por dinero, es el dinero el que viene a mí por haber matado.
Mi conciencia es una especie de búnker en el que ni el mismísimo Hitler se hubiera podido suicidar. Es más, Hitler se suicidó porque yo no había nacido.
Mis compañeros de profesión, si así podemos llamarlo... Yo prefiero llamarles perdedores, porque ante mí, nadie sale vencedor.
Esa gente... Esa basura de gente se suele acoger a un lema.
No matamos a niños ni a mujeres.
Yo mato a hombres, niños, mujeres y ancianos.
Yo no me acojo a lemas.
Yo prefiero crearlos.
Mi lema es... No me compliques la vida porque facilitaré tu muerte...


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viernes, 21 de marzo de 2014

Melodías de nuestras vidas

Abrió la puerta de casa, soltó el paraguas y colgó su chaqueta impermeable en el perchero que estaba a la izquierda del paragüero. En la mesa de la salita dejó el bolso y una carpeta. Alba, de raza latina, treinta años y curvas sinuosas estaba más cansada que nunca, a pesar de los cinco cafés que se había tomado para sentirse menos fatigada. Puso las manos sobre sus senos y con un solo movimiento hacia abajo se retiró el vestido de palabra de honor blanco que llevaba puesto. En ropa interior se dirigió al baño deshaciéndose la cola alta de su pelo.
Encendió el grifo para ir llenando la bañera de agua caliente. No había parado de llover durante todo el día y su cuerpo le pedía un baño termal. Se terminó de desnudar y dedicó un tiempo a desmaquillarse y explorase la cara frente al espejo en busca de espinillas, puntos negros o cualquier cosa que le increpara a la vista.
Una vez que la bañera estaba a punto de coparse, apagó el grifo y metió el pie derecho.
-¡No! vuelta para atrás Alba –se dijo en voz alta.
Y retirando el pie de la bañera, se lo secó con la toalla y se enfundó las zapatillas. Entró en la habitación y abrió el armario. Cogió una bolsa, cerró de nuevo la corredera del armario y se pegó un gran susto gracias a un trueno que pareció que cayó dentro de la casa.
Entró de nuevo al cuarto de baño y su cuerpo con un movimiento innato agradeció el cambio de temperatura que para bien, había en esa pieza de la casa.
Encima del mármol del lavamanos fue posando los objetos que extraía de la bolsa. Un bote de sales de baño, un jabón sólido de color lila y dos velas aromatizadas. Éstas las colocó en el borde y las encendió. Se metió en la bañera, se tumbó y se acomodó en el reposacabezas estirando las piernas esbozando una sonrisa mientras cerraba los ojos.
Dos minutos de reloj después, decidió esparcir las sales de baño de miel y manteca de karité por toda la bañera. Pulsó un botón del mando que tenía a su derecha y sonó el hilo musical que tenía instalado. En tono bajito, pero lo suficiente como para disimular el repiqueteo de la lluvia que no cesaba de golpear el cristal de la ventana. Música acústica de violines, paz, el efecto del jabón sólido ya deshecho convirtiéndose en espuma, el dulce aroma de las velas y el vaho que empañaba todos los cristales y espejos dando la sensación de spa, daban a Alba todo lo que necesitaba para acabar ese día.
No podía abrir los ojos, estaba entrando en una especie de trance poco habitual en su vida ajetreada. Esa música no podía disfrutarse igual si no cerraba los ojos.
Estruendoso, ese trueno fue descomunal. Alba abrió los ojos del susto y se dio cuenta que las luces del baño se apagaron.
-Bueno, mejor así –asintió, mientras recolocaba las dos velas que eran las únicas que, ahora, alumbraban el cuarto de baño.
Cerró de nuevos los ojos. Se acariciaba la barriga con la mano izquierda, eso le daba más paz, rozaba con la palma de la mano como sobrevolando su piel y lo intercalaba con intensos masajes con las yemas de los dedos dibujando círculos alrededor del ombligo. La música acompañaba la ternura del momento. Sacó su mano derecha a pasear por sus pechos. Primero en uno de ellos, frotándolo, mimándolo, con el dedo pulgar palpando el pezón cada vez más erizado. Luego con las dos manos, torcía la cabeza levemente y estiraba las piernas como si quisiese crecer más.
El agua empezaba a destemplarse así que cogió la ducha inalámbrica y dio más calor al ambiente. Metió el chorro debajo del agua entre sus piernas. La presión que la ducha ejercía sobre su clítoris empezaba a hacerle sentir que flotaba. Los dedos de los pies se abrían y cerraban, flexionaba las rodillas y las estiraba buscando separárselas de su cuerpo. Cuando vio que la bañera alcanzó casi toda su capacidad de agua, apagó el chorro, la giró y empezó a introducírsela poco a poco dando vueltas sobre sí misma.
El primer gemido claro llegó al adentrar parte de la ducha. Se mordió el labio inferior y fruncía el ceño. Los violines estaban siendo testigos del inicio de un concierto. No paraba de gemir, escuchaba algunos truenos aún, pero no le sobresaltaba nada. Estaba en mitad de la gloria y el cielo. Introdujo hasta el fondo el mango, pegando un grito y recuperando la posición para verse.
-Bendita tecnología –balbuceó.
Volvió a tumbarse y apretó un botón que le dio a la ducha una vibración constante. Los gemidos empezaron a convertirse de manera ascendente en alaridos. Sonaban como aquellas olas que van subiendo hasta el clímax de su rotura. El hilo musical decidió dejar de ser protagonista para acompañar al nuevo evento con una intensidad brutal en los instrumentos de cuerda. Tiraba la cabeza para atrás, hasta la metía debajo del agua. Soltó el mango para poder bailar un vals con sus senos. Todo cogía velocidad vertiginosa, la música, los gritos, los movimientos corporales, incluso la intensidad de la lluvia aumentó de forma ostensible.
Sintió volar de la mano de un gemido alargado en el tiempo, de volumen aminorado y voz temblorosa. Dobló las rodillas sacándolas del agua y su cara variaba en gestos de placer mientras se la tapaba con una mano y con la otra arañaba el suelo de la bañera.
Fueron seis segundos, quizás los mejores seis segundos del día y de la semana. Retiró el chorro soltándolo en el fondo de la bañera. Dejó caer su cuerpo de nuevo dentro del agua y cerró los ojos. La lluvia golpeaba menos en el vidrio y los violines volvieron a un ritmo monótono y suave, muy suave.
Alcanzó la toalla con la mano, se la secó y cogió un cigarrillo de la cajetilla que estaba en la tapa del retrete. Se lo encendió y cambió el canal musical por otro. Empezaba su programa favorito: Melodías de nuestras vidas.



Deleite de sonrisas

No pude aguantar más, la tenía a mi derecha, con la mirada iluminada, esos ojos azules como el cielo y carita de muñeca. Nos miramos de frente, ella me sonrió y no lo pude evitar. La besé como si nunca más la pudiera volver a besar. Dejé que mis manos descansaran en su sinuosa cadera para ir subiendo lentamente por su espalda. Apreté las yemas de mis dedos a su columna vertebral y provoqué el primer suspiro de verdadero placer en ella. Bajaba y subía las manos buscando con mis pulgares sus senos. Ella me mordía con pasión el labio inferior, me besaba el cuello y erizaba mi piel. Sin dudar le arranqué el vestido. Sentía como si una afición me vitorease. Como si me aplaudieran cada paso que yo daba. Ella me susurraba al oído que le comiera sus pechos. Mi miembro estaba a punto de reventar del pantalón. Quería hacerle el amor ahí mismo. Miré a mí alrededor, vi la mesa, la cogí de la cintura y la tumbé. Tiré el vino al suelo, me puse más cachondo. Toqué, acaricié, besé y lamí sus pechos hasta notar su ropa interior totalmente húmeda. Ella se incorporó y me bajó los pantalones, llevándose varias veces mi pene a su boca. Le pasaba la lengua en círculos sin cesar de lamer. Estaba disfrutando tanto que sentí la necesidad de correrme en su boca, pero la levanté y le quité la única prenda que le quedaba puesta.
Ella se abrió totalmente de piernas y se la introduje poco a poco. Me gustaba notar sus uñas clavadas mientras le penetraba. Una y otra vez, despacio y romántico, rápido y salvaje. La hacía flotar en el espacio y conseguí que sus piernas temblasen gracias a la pasión que puse en ello.
-¡Le dije que podía besar a la novia hombre, qué esta es la casa del Señor por Dios!

Por eso soy ateo, esas fueron las palabras que me cortaron el rollo, a mí, a ella, y a los

improvisados paparazzis que nos estaban grabando en sus teléfonos móviles y cámaras, entre un deleite de sonrisas.

Cortinas de humo

-Al término del curso tendrás medio punto menos –sentenció la señorita Ana Belén.
Ana Belén era la profesora de Lengua y Literatura, era alta, guapa y de cuerpo escultural, hacía tan sólo tres años que había acabado la carrera y por dentro de ella corría una fuerza y energía poco habitual ya en sus compañeros de profesión más veteranos.
-Un reproche más y en vez de medio, serán dos puntos –repitió la maestra.
-¿Me tiene manía o qué? Si no he hecho nada señorita… -replicaba el afectado.
-Por eso mismo, porque no haces nada –zanjó.
Iván cursaba cuarto de la E.S.O., tenía dieciocho años y había repetido dos veces. Era rubio de ojos azules y de ascendencia sueca. Tenía un cuerpo esculpido a base de gimnasio y los dos cursos que suspendió fueron más por vaguería que por incapacidad.
Cerró el libro de golpe y negando con la cabeza se cruzó de brazos en el pupitre. Su compañero de mesa, Raúl, le susurraba la manía que le tenía esa profesora, que no era normal, que él ya tuvo uno de matemáticas así hace dos años que le amargó la existencia, que no se dejara pisotear, que se creen más por tener una carrera, que no tienen derecho a humillarte así… Iván asentía sin escuchar, estaba buscando la paz interior que en esa clase nadie le permitía encontrar.
-Y para mañana los ejercicios de la página 24 deben estar todos hechos. ¡Ah! Y tú Iván, serás el primero que te pregunte por lo que he explicado hoy, ya que te he visto mucho de tertulia.
Iván se quedó con cara escéptica mirando a la maestra mientras la típica listilla de la mesa de delante se giraba para decirle:
-¡Los que se pelean se desean! –en tono jocoso.
El muchacho repetidor, sin mover ni un ápice su cabeza, clavó sus pupilas sin mediar palabra en la entrometida vecina de mesa.
-Déjale tía, no está para bromas -intercedía Raúl, -yo le entiendo porque he pasado por lo mismo –argumentó.
Iván se levantó de la mesa y marchó para el recreo, se sentó en un banco a compartir su cabreo con la papelera abarrotada de su izquierda y los bebederos de la derecha. Tras cinco minutos decidió ir al despacho del director para pedirle permiso de ausencia la semana que entraba por motivos personales.
Tocó dos veces a la puerta pero nadie dio la orden de entrar, giró el pomo y comprobó que estaba cerrada con llave, así que se dio media vuelta e inició la ruta hacia el aula. Una mano le agarró de la pechera y le empujó con fuerza dentro del cuartito de la limpieza. Le abrió la camisa arrancándole la mitad de los botones y le desabrochaba el cinturón con una prisa salvaje. Iván le levantó el suéter hasta la altura de los pechos y con una sola mano desabrochó el sujetador para abalanzarse sobre éstos con las manos y los labios, mordisqueando y retorciendo los pezones, sentía como empezaba a jadear. Ella le apartó de golpe empotrándolo contra un cubo de fregar y haciendo caer la fregona al suelo, para agacharse frente a él y comenzar a lamer y succionar su miembro, mientras Iván acariciaba intensamente toda su cabeza por detrás de las orejas. El ambiente estaba tan caldeado que no pudo resistir más y la tomó por la cintura, le subió la falda larga que portaba, le alzó la pierna derecha encima de una balda de la estantería más limpia que había y con el dedo corazón apartó hacia un lado el tanga de vértigo que llevaba puesto.
El miembro entró triunfal en aquella vagina empapada de fogosidad, brío y pasión y practicaron sexo durante los siguientes catorce minutos, catorce minutos de furia descontrolada, acompasada por gritos de auténtico placer firmados con marcas de uñas en la espalda de Iván.
-Llegamos tarde a clase –comentó Iván mientras se vestía velozmente.
-Tú llegas tarde, yo tengo hora libre para corregir exámenes.
Ana Belén tenía la cara sonrojada y una sonrisa de oreja a oreja, decidió acabar de vestirse para salir a la zona de fumadores y revivir mentalmente ese orgasmo tras cortinas de humo.