No pude aguantar más, la tenía a mi derecha, con la
mirada iluminada, esos ojos azules como el cielo y carita de muñeca. Nos
miramos de frente, ella me sonrió y no lo pude evitar. La besé como si nunca
más la pudiera volver a besar. Dejé que mis manos descansaran en su sinuosa
cadera para ir subiendo lentamente por su espalda. Apreté las yemas de mis
dedos a su columna vertebral y provoqué el primer suspiro de verdadero placer
en ella. Bajaba y subía las manos buscando con mis pulgares sus senos. Ella me
mordía con pasión el labio inferior, me besaba el cuello y erizaba mi piel. Sin
dudar le arranqué el vestido. Sentía como si una afición me vitorease. Como si
me aplaudieran cada paso que yo daba. Ella me susurraba al oído que le comiera
sus pechos. Mi miembro estaba a punto de reventar del pantalón. Quería hacerle
el amor ahí mismo. Miré a mí alrededor, vi la mesa, la cogí de la cintura y la
tumbé. Tiré el vino al suelo, me puse más cachondo. Toqué, acaricié, besé y
lamí sus pechos hasta notar su ropa interior totalmente húmeda. Ella se
incorporó y me bajó los pantalones, llevándose varias veces mi pene a su boca.
Le pasaba la lengua en círculos sin cesar de lamer. Estaba disfrutando tanto
que sentí la necesidad de correrme en su boca, pero la levanté y le quité la
única prenda que le quedaba puesta.
Ella se abrió totalmente de piernas y se la
introduje poco a poco. Me gustaba notar sus uñas clavadas mientras le
penetraba. Una y otra vez, despacio y romántico, rápido y salvaje. La hacía
flotar en el espacio y conseguí que sus piernas temblasen gracias a la pasión
que puse en ello.
-¡Le dije que podía besar a la novia hombre, qué
esta es la casa del Señor por Dios!
Por eso soy ateo, esas fueron las palabras que me cortaron el rollo, a mí, a ella, y a los
improvisados paparazzis que nos estaban grabando en sus teléfonos móviles y cámaras, entre un deleite de sonrisas.
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