-Al término del curso
tendrás medio punto menos –sentenció la señorita Ana Belén.
Ana Belén era la
profesora de Lengua y Literatura, era alta, guapa y de cuerpo escultural, hacía
tan sólo tres años que había acabado la carrera y por dentro de ella corría una
fuerza y energía poco habitual ya en sus compañeros de profesión más
veteranos.
-Un reproche más y en
vez de medio, serán dos puntos –repitió la maestra.
-¿Me tiene manía o qué?
Si no he hecho nada señorita… -replicaba el afectado.
-Por eso mismo, porque
no haces nada –zanjó.
Iván cursaba cuarto de
la E.S.O., tenía dieciocho años y había repetido dos veces. Era rubio de ojos
azules y de ascendencia sueca. Tenía un cuerpo esculpido a base de gimnasio y los
dos cursos que suspendió fueron más por vaguería que por incapacidad.
Cerró el libro de golpe
y negando con la cabeza se cruzó de brazos en el pupitre. Su compañero de mesa,
Raúl, le susurraba la manía que le tenía esa profesora, que no era normal, que
él ya tuvo uno de matemáticas así hace dos años que le amargó la existencia,
que no se dejara pisotear, que se creen más por tener una carrera, que no
tienen derecho a humillarte así… Iván asentía sin escuchar, estaba buscando la
paz interior que en esa clase nadie le permitía encontrar.
-Y para mañana los
ejercicios de la página 24 deben estar todos hechos. ¡Ah! Y tú Iván, serás el
primero que te pregunte por lo que he explicado hoy, ya que te he visto mucho
de tertulia.
Iván se quedó con cara
escéptica mirando a la maestra mientras la típica listilla de la mesa de
delante se giraba para decirle:
-¡Los que se pelean se
desean! –en tono jocoso.
El muchacho repetidor,
sin mover ni un ápice su cabeza, clavó sus pupilas sin mediar palabra en la
entrometida vecina de mesa.
-Déjale tía, no está
para bromas -intercedía Raúl, -yo le entiendo porque he pasado por lo mismo
–argumentó.
Iván se levantó de la
mesa y marchó para el recreo, se sentó en un banco a compartir su cabreo con la
papelera abarrotada de su izquierda y los bebederos de la derecha. Tras cinco
minutos decidió ir al despacho del director para pedirle permiso de ausencia la
semana que entraba por motivos personales.
Tocó dos veces a la
puerta pero nadie dio la orden de entrar, giró el pomo y comprobó que estaba
cerrada con llave, así que se dio media vuelta e inició la ruta hacia el aula.
Una mano le agarró de la pechera y le empujó con fuerza dentro del cuartito de
la limpieza. Le abrió la camisa arrancándole la mitad de los botones y le
desabrochaba el cinturón con una prisa salvaje. Iván le levantó el suéter hasta
la altura de los pechos y con una sola mano desabrochó el sujetador para
abalanzarse sobre éstos con las manos y los labios, mordisqueando y retorciendo
los pezones, sentía como empezaba a jadear. Ella le apartó de golpe
empotrándolo contra un cubo de fregar y haciendo caer la fregona al suelo, para
agacharse frente a él y comenzar a lamer y succionar su miembro, mientras Iván
acariciaba intensamente toda su cabeza por detrás de las orejas. El ambiente
estaba tan caldeado que no pudo resistir más y la tomó por la cintura, le subió
la falda larga que portaba, le alzó la pierna derecha encima de una balda de la
estantería más limpia que había y con el dedo corazón apartó hacia un lado el
tanga de vértigo que llevaba puesto.
El miembro entró
triunfal en aquella vagina empapada de fogosidad, brío y pasión y practicaron
sexo durante los siguientes catorce minutos, catorce minutos de furia
descontrolada, acompasada por gritos de auténtico placer firmados con marcas de
uñas en la espalda de Iván.
-Llegamos tarde a clase
–comentó Iván mientras se vestía velozmente.
-Tú llegas tarde, yo
tengo hora libre para corregir exámenes.
Ana Belén tenía la cara
sonrojada y una sonrisa de oreja a oreja, decidió acabar de vestirse para salir
a la zona de fumadores y revivir mentalmente ese orgasmo tras cortinas de humo.
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